sábado, 30 de agosto de 2008

En casa del cura del tercero




Acabo de tener una de las experiencias más surrealistas de mi vida. Verídico 100%. Lo cuento según ha pasado.

Estaba yo en mi casa, a punto de salir a tomar algo (parece que siempre estoy o a punto de salir o ya en la calle, qué alejado de la realidad…). Total, que me digo, “ya que tengo cinco minutos, recojo la ropa tendida, que luego me va a dar más pereza”. Y la ropa tendida no son las sábanas, manteles y camisas limpitas (esas que hay que planchar después), sino la ropa de ayer, que había dejado aireándose para que se quitara el olor a tabacazo del último bar (en fin, espero que mi madre no esté leyendo esto…). Reconocerlo, todos hemos aireado unos pantalones alguna vez… El caso es que ayer lo puse a tender todo. Y eso incluye el sujetador, que ya no estaba en la cuerda al lado de los vaqueros. “Mierda”, me digo, “lo sabía, se iba a caer. ¿Además, a quién se le ocurre tender un sujetador a airear? ¿A airear de qué?”. Con la perspectiva del día soy consciente de que no tiene ninguna lógica, pero ayer, por la razón que sea, me parecía evidente que tenía que tenderlo. En fin.
Miro hacia abajo y ahí está, en equilibrio sobre la cuerda del tercero, como un pájaro mal posado. “A por él”. Y bajo al tercero. Llamo a la izquierda (más cerca de donde había caído mi sujetador). No abren. Me giro. Miro la puerta de la derecha. La casa del cura. Prefiero ver al cura que perder un sujetador (este además es estupendo, y los sujetadores son caros, muy caros). Llamo a la puerta. Se oyen pasos al otro lado. “¿Será capaz de no abrirme? Pues menuda alma caritativa…”. Se oye cómo mueve la mirilla y dice “¿Sí?”, “Este… soy la vecina del quinto… se me ha caído algo por la ventana…”.
¡Dios mío! Abre un señor con barba de tres días, camiseta blanca de tirantes y pantalón de chándal-pijama azul marino. Acabo de descubrir que el clero, en su domicilio, parece sacado de debajo de un puente. Aunque sea cruel decirlo, el voto de castidad no debe costarle demasiado. Un amigo mío tiene una teoría al respecto: si no va a dar misa, y tampoco va a ligar, ¿para qué va a arreglarse? Lo que sea, pero teníais que haberle visto.
“Dime”. “Pues nada, que estaba tendiendo y se me ha caído algo” (no voy a explicarle la historia de airear la ropa, etc, etc). “Yo es que no uso la cuerda”. “Bueno, es que los vecinos no están; ya he probado en la puerta de al lado”. “Ya veo, pues nada, pasa a ver si se puede coger” (me imagino la risa de algún argentino con esta frase puesta en contexto).
Paso. La casa, indescriptible. En el salón, un colchón RestForm de esos que anuncian constantemente en Teletienda a las 3 de la mañana, con las sábanas revueltas. La cocina, como de los años 40, con fogones como los de casa de mi bisabuela. El suelo, en fin, mejor no hablar. Y al fondo, una habitación con un ordenador que me río yo del voto de pobreza. Vale, estoy siendo mala. Igual hace e-confesión, e-misa o chatea con su Santidad, que con los tiempos que corren no se sabe.
Desde el cuarto de baño se veía mi sujetador al otro lado de la cuerda. La verdad es que me daba un poco de reparo estar ahí, con el cura del tercero (¡El Cura del Tercero!), intentando recuperar mi sujetador. Me mira con cara d “no voy a hacer ningún comentario”, hace un amago de mover la cuerda, y el sujetador, al otro lado, sin moverse. “Va a ser imposible, mejor será que te pases esta noche por casa de los vecinos”. Y la casa de enfrente, con las persianas cerradas como si no fuera a volver nadie en 6 meses. “¿Puedo intentarlo yo?”, digo, sin saber si tengo que tutearle en calidad de vecino, o llamarle Padre y de usted en calidad de sacerdote. Qué se yo, esto no te lo enseñan en el colegio (y eso que el mío era de monjas). “Claro, pero lo veo difícil”.
Me pongo a mover la cuerda hasta que el nudo queda debajo del sujetador. Se mueve un poquito hacia nosotros. Parece que se va a caer. Hago un movimiento circular y el tirante se engancha en la cuerda. Sigue avanzando. Yo no me lo puedo creer. El cura me anima, somos un equipo. En este momento lo único que falta es música tipo Carros de Fuego. Y el sujetador cada vez más cerca. Hasta que lo puedo agarrar. La sensación debe ser parecida a la que ha tenido Phelps en las olimpiadas. Vale, aquí igual estoy exagerando.
Nos hemos recompuesto (aunque yo creo que hemos estado a punto de abrazarnos de la emoción). “Vaya técnica”, me ha dicho. “Gracias, gracias”, he contestado yo, con falsa modestia.
Y me he ido a casa, subiendo los escalones de tres en tres.

Ahora que lo pienso, necesito urgentemente unas vacaciones y que vuelva mi psicóloga. Mi vida empieza a ser un desastre… (pero la sensación ha sido tremenda…).

viernes, 29 de agosto de 2008

Una enseñanza para la vida



Ahora que estoy terminando el doctorado, me vienen a la cabeza un montón de cosas que no tienen nada que ver ni con la medicina, ni con mi “investigación” (si es que se puede llamar así) ni con nada útil. Pero entre todas las idioteces que me dedico a pensar, de pronto, me ha venido un recuerdo que es tan importante que creo que debería compartirlo con vosotros. Vaya, una enseñanza vital que todos deberíamos aprender en algún momento de la vida. ¡Que sea hoy!

Puede que para algunos sea obvio, pero por si acaso…: LAS DROGAS SON MALAS. Y cuando digo “malas”, me refiero a “muy malas”. Y cuando digo “drogas”, no hablo de las drogas aceptadas por todos nosotros (café, tabaco, alcohol, orfidal, trinaranjus, amor –algún día hablaré de lo malo, MALO digo, que es el amor… del trinaranjus mejor no decir nada, ¿cómo pueden pretender que sea “natural” algo que sabe así? En fin…). Pues eso, las drogas, las duras y las blanditas. Hoy hablo de las no tan duras, en concreto de los porros. Los PORROS, esa “droga puente”, que diría mi abuela (“si es que se empieza dándole una calada a un porro y acabas enganchado a la heroína, ten cuidado”). Y no voy a hablar de la posibilidad de que se empiece con la marihuana y se acabe debajo de un puente con una aguja en el brazo, ni de la apatía, ni de los ojos rojos… no, no, no, voy a hablar de algo muchísimo peor: el HAMBRE que producen.

Os reiréis, seguro, pero ahí va, un caso real como la vida misma.

El otro día, mi amigo X (vuelvo a recalcar lo de mi discreción, y no digo el nombre para no hundir su vida social y amorosa), con un par de cervezas de por medio confesó algo que me puso los pelos de punta. La conversación fue más o menos como sigue:

- Sabes, hace que no fumo un montón.
- Ahá…. –mi amigo en cuestión estaba encendiéndose un cigarro tras otro- ya veo.
- No, digo fumar porros.
- Ah… -esto seguirá hacia algún sitio, digo yo.
- Tía, si es que tuve que dejarlo, me estaba convirtiendo en una persona horrible.
- ¿Y eso? ¿Dejaste de hacer cosas? ¿Discutías? ¿Te pasabas el día tirado en el sofá viendo El Diario de Patricia?
- Puff, pues también, pero lo dejé porque se me fue de las manos. Me daban un hambre atroz…
- ¿Y engordaste?
- No, estaba más flaco que nunca, pero un día tuve una visión, y lo dejé.
- ¿Y qué viste?
- Llegaba a casa, me había fumado un porrito con mis colegas, y entré con un hambre horrible. Lo único que había en la nevera era un bote de mayonesa, vete tú a saber de cuándo (ey, pero no olía mal, ni tenía moho, ni nada por el estilo). El caso es que tenía una pinta estupenda. Así que cogí una cuchara (de las soperas, no de las de postre), agarré el bote, y empecé, cucharada tras cucharada.
- ¿Cómo? Agggg….
- Sí, y entonces me vi, en medio de la cocina, agarrado al bote de mayonesa como si fuera caviar, y me di cuenta de que eso ya no era normal. Lo del kilo de donetes tenía un pase, lo de meter el dedo en el bote de nocilla, todavía, pero la mayonesa…
- Te entiendo, yo habría hecho lo mismo.
- Desde entonces no he vuelto a fumar porros… y la mayonesa no puedo verla ni en pintura.

Es una historia verídica, real como la vida misma. Ahí queda, para que la próxima vez que uno de esos amigos hippies que tenéis os pase un porro sepáis decir que no… y si no, ateneos a las consecuencias, allá vosotros…

lunes, 25 de agosto de 2008

Frases célebres, que seguiremos repitiendo (y escuchando)



Hace un par de días me encontré con una amiga de la facultad por la calle. No digo su nombre, que aunque yo para mis historias soy de lo más indiscreta, para las de los demás soy como una tumba.
-Ay... -me dice, medio suspirando medio muerta de risa -qué desastre es todo.
-Ya ves -le digo yo, sin saber de qué habla, pero aún así de acuerdo, todo es un desastre...
-¿Te acuerdas de X?
-Claro, qué majo, qué buen tío, qué simpático...
-Me dejó
-Qué gilipollas.... si es que se le veía venir -(y luego los tópicos de siempre... "si es que son todos iguales, qué le vamos a hacer, mejor sola que mal acompañada, etc, etc").
-Bueno, pero yo estoy más o menos bien. Y además, LA MANCHA DE MORA CON MORA SE QUITA

Seguimos hablando un rato más, y luego cada una por su camino, ella a buscar la mora en cuestión y yo a seguir con la actividad prioritaria en mi vida por el momento (el doctorado, el doctorado).

Cogí el metro (ups, agarré) y me puse a pensar. Ya sabéis que para mí el metro es lo que para los griegos era el agora, o para los budistas sus templos, el mejor sitio de meditación... Repasé la conversación y me di cuenta de la cantidad de frases que habíamos repetido, por enésima vez en nuestras vidas. La mejor de todas, la de la mora... pero a ver... ¿alguien ha intentado alguna vez quitar una mancha de mora -real- con otra mora? ¿No ensucias más todavía? No sé... como soy de ciudad igual me estoy perdiendo un mundo fascinante de milagros de la ciencia tradicional, qué se yo... En cualquier caso, no me creo lo de las moras...

Y como iba bastante lejos, seguí divagando, pensando en más frases célebres. Ahí van algunas, por si os sentís identificados (van sin destinatario):


- Mañana me levanto pronto, que aunque no tengo que trabajar así aprovecho la mañana (jajajaja... vamos, hombre, ¿pronto? Pero la maravilla que es irse a dormir con la conciencia tranquila bien lo vale... mañana apagas el despertador y a seguir durmiendo hasta el mediodía, mmmm. ¡Pasado sí que madrugo!).

- Una última y a casa (claro, que el concepto de "último" es tan relativo hoy en día).

(Y la que viene después) - Pufff... nunca más. Esta noche, no salgo (en su versión "Tía, lo siento, estoy muerto, hoy no salgo, así me acuesto pronto y aprovecho mañana el día" -jajaja-. Media hora después, ringgg -telefonillo-, "¿Sí?". "Abre, chiqui, que estoy abajo. Traigo el hielo. ¿Tienes ron?" "Sube, que ya te había puesto una copa").

- Toda la sarta del mundo amoroso, o post-amoroso -creo que son mis preferidas, tengo algo de masoquista-: "no es por tí, es por mí", y en su versión transatlántica: "no sos vos, soy yo" (que en la traducción es: efectivamente, es por mi, que no quiero estar con vos). Mejor todavía: "pero podemos ser amigos" (jajajaja, claro, me encantan los amigos). Se puede superar (esta es mi favorita): "ay... si es que eres tan buena que no te merezco". JAJAJAJA. En serio, esta es la mejor, me hace sentir tan buena... ¡si es que soy una santa!

- Las de "ups, me has pillado", en su versión de pareja: "no, no, de verdad, si te lo puedo explicar" (y os aseguro que ya lo entendí sin necesidad de explicación). Pero me quedé con las ganas de que me lo explicara de verdad: "resulta que, efectivamente, esta es X, mi compañera de trabajo, y nos estamos enrollando a tus espaldas porque nos apetecía así, ya sabes, el morbo de lo prohibido... si no estuviera contigo tendría mucha menos emoción"... la explicación en su momento tuvo mucho menos gracia.

En su versión de trabajo, saliendo por la puerta 2 horas antes de terminar, vestida de calle y con una maleta, rumbo a los Carnavales: "mmmm, justo iba ahora al laboratorio, a la General, a buscar los resultados de la paciente aquella que operamos el otro día", "ahá...", "y la maleta es de una colega que se va de viaje, y ya de paso, se la acerco" -esta creo que no coló, perdí el avión-.

En su versión colegas: "puff, hoy no salgo" -con el plan ya montado, excluyendo al amigo en cuestión-. Dos horas después, en un bar: "¡Vaya, tú por aquí! ¡Qué sorpresa!", "Sí... qué ilusión... puff, me entró un agobio horrible en mi casa y tuve que salir a oxigenarme" (bar lleno de humo hasta el techo, con gente hasta en las paredes, música a diezmil decibelios). El colega, con un poco de suerte, con un contenido suficiente de alcohol en sangre como para ver lógica la explicación. Después de ese día, me prometí no volver a beber ni una gota, lo juro. Me tomé la última, y me fuí a casa para poder levantarme pronto al día siguiente y aprovechar la mañana.

(Llegué a las 10 , me metí en la cama y cuando me levanté salí directa a tomarme unas cañas por la Latina).

martes, 19 de agosto de 2008

Un poco abandonado...


Debe ser el calor, que me hace no escribir...

El calor, o las guardias infernales del verano, o las cervezas infinitas en las terrazas de Madrid, o el ritmo cubano del que no logro salir, o el caos de no saber ni qué día es y tener la cama siempre sin hacer...

Pero volveré, volveré....

martes, 24 de junio de 2008

Más rutinas (2)



Más rutinas que me encantan:

6. Ir a la biblioteca del barrio, la de Conde Duque. Entrar por el arco detector de metales (¿pero quién va a meter una pistola en una biblioteca? ¿Estamos locos o qué?), y ver el patio. Mirar entre las estanterías el libro que me voy a leer. Es como escoger un bombón en una caja llena. Y lo reconozco, elijo los libros por la portada.

7. Llegar un viernes a las diez de la mañana a casa, después de una guardia horrible. Darme una ducha con agua casi hirviendo, y meterme en la cama, limpia como si estuviera para estrenar. Saber que puedo dormir hasta las siete de la tarde, y que el fin de semana está empezando. Encender la luz, leer un rato, estirarme todo lo que pueda, ponerme cruzada en la cama, y quedarme dormida como si me fuera la vida en ello. ¡Qué maravilla! Esto sí que no es comparable a nada en este mundo…

8. Domingo por la tarde. Salir de casa a las siete, con buen tiempo. Ir andando por San Bernardo, llegar a Gran Vía. Seguir andando hasta Cibeles. Continuar hasta el Retiro. Llegar al Palacio de Cristal y tumbarme en el césped de enfrente, el que tiene justo delante el estanque pequeño. Y pasarme ahí leyendo horas, sí, el libro que cogí el día de antes en la biblioteca de Conde Duque, el que tiene una portada genial.

9. Hacer la compra. Vale, sé que esto suena un poco a maruja (pero no nos engañemos, soy una maruja atrapada en el cuerpo equivocado). Me gusta ir cogiendo las cosas de los estantes, pero sobre todo me gusta meterlas después en mi carrito rojo de la compra y andar a casa. De hecho, lo que me gusta de hacer la compra es mi carrito. Me lo regalaron estas Navidades, y me encanta. Mis tías se reían de mí cuando lo pedí, pero qué le vamos a hacer, era lo que me hacía ilusión. La conversación con ellas fue más o menos así:

-¿Qué te apetece por Reyes?
- Mmmm, no sé, creo que no necesito nada…
- No, no, no es que necesites, es algo que te apetezca.
- Pues entonces, un carrito de la compra, de esos de tela con ruedas.
- ¡¿Cómo!?
- Sí, de los de toda la vida. ¿Qué pasa? Me hace ilusión…
- ¿Pero tú no haces la compra por Internet?

Y claro, ahí me di cuenta de que había un salto generacional a la inversa. Al final me regalaron un carrito monísimo, que es la envidia de todo el Carrefour y de mi portero, Mariano. Y yo he recuperado la ilusión de hacer la compra.

10. No discutir. Ya lo sé, puede no parecer una rutina, pero cuando te has pasado discutiendo mucho (muchísimo) tiempo, estar meses seguidos sin tener una pelea es una MARAVILLA. Se lo recomiendo a todo el mundo. Como dice Jose Carlos, un matrón de mi hospital, “nada es lo suficientemente serio como para que haya que discutirlo”. Una maravilla.

lunes, 16 de junio de 2008

Meteduras de pata...






- ¿Y de verdad que no te gusta nadie? – me dice, sonriendo, con una copa en la mano.
- Pues la verdad es que no mucho… lo normal, qué se yo…
- ¿De todos? ¿Ninguno? Pero si esto está lleno de tíos… Va, di alguien…
- Bueno, si tengo que elegir… puf, no sé. Vale, vale – doy un trago a la cerveza – Vale. Mira, cuando entramos había uno alto, moreno, con el pelo medio largo y barba. Ese era medio pasable. Pero, bah, tampoco te creas.
- ¡Ese el J.!
- Eres bobo… no era J. ¿Cómo me va a gustar J?
- Jajaja… no sé, peores cosas se han visto
- Ya…

Media hora después, O. desaparece. Le veo andar hacia el fondo. Le veo reírse. Se acerca a un grupo. Se pone a hablar con uno. Es alto, moreno, con pelo medio largo y barba. Y desde luego no se parece ni de refilón al que vi entrar al principio de la noche.

- J, ¿qué hace O.? ¿Son colegas?
- No tengo ni idea, pero creo que no.

O. nos mira. Se ríe. Me mira. Se ríe un poco más y me saluda.

Ahora lo veo. ¿Cómo se puede ser tan tonto? “Por favor, por favor… que no sea lo que pienso”, me digo a mí misma. Y era lo que yo pensaba. Vuelve O.

- Jo, tía, lo siento.
- ¿Sientes qué?
- Pues eso, que el tío alto con barba no quiere nada.
- ¿Nada de qué?
- Nada de conocerte.
- Eres idiota, O, no era ese… Y aunque lo fuera… ¡pero mucho peor sin serlo!
- Jajajaja, ¿en serio? Bueno, pues mejor para ti, porque no quiere nada contigo.

Y nos pedimos otra copa. Y prometí no volver a decirle nada a O. (Mientras tanto, J estaba dudando si sería su noche del Génesis o del Apocalipsis…)

(O, va por ti, por tus meteduras de pata y por tantas y tantas noches juntos de trío Lalala).

martes, 3 de junio de 2008

Un señor del Metro

Estaba hoy en el Metro, camino a mi casa, cuando me he dado cuenta de que hay cosas que siguen sorprendiéndome. Por cierto, empieza a parecer que me paso la vida en el servicio de transporte público de Madrid; claro, así es normal que no tenga ni vida social ni nada, y también explica lo de la palidez y las ojeras (¡y yo que había llegado a pensar que era por las guardias de 24 horas!).

A lo que iba, estaba sentada tranquilamente, escuchando música y mirando a la gente del vagón cuando me he fijado en el señor que estaba enfrente. Un señor calvo, de esos de calva reluciente, como pulida, camisa de señor mayor (la típica camisa de abuelo, vaya), pantalones beige (dios, cómo odio esa palabra, “beige”, agggg), calcetines azules y mocasines marrones. Uno de estos señores que no llaman la atención, tan típicos de metros y autobuses, de esos que parece que están yendo a recoger a sus nietos a clase de inglés, o a comprarle medicinas a su mujer, qué se yo. Y al lado del señor, una señora. La típica mujer-de-señor-mayor-calvo: teñida, con pelo corto esponjoso (del que parece que tiene más aire entre medias que pelo, como abultado), maquillaje discreto, chaqueta discreta, falda discreta por debajo de la rodilla, color neutro, zapatos de medio tacón. Todo en ella muy discreto.

Iba a continuar mirando al resto de la gente cuando me he fijado en el señor otra vez. Llevaba una bolsa de plástico pequeña, translúcida, entre las manos. Debía ser por la iluminación del vagón, que se entreveía un dvd, con una especie de cuerpo de mujer y otra cosa que no se distinguía del todo bien, y el título “Duluth… no-se-qué”. “Qué curioso”, me digo a mí misma, “menuda portada más rara”.

El caso es que al moverse para decirle algo a su mujer, el señor ha dado la vuelta a la bolsa, y ahí se han aclarado todas mis dudas: “City Sex Store, Madrid, Fax 91 181 27 33”. Y me he bajado del Metro, tres paradas antes de la mía, en un ataque de pudor irrefrenable.

En fin, la gente está fatal (además, yo pensaba que con eso de Internet la gente ya no compraba películas porno). Y allá vosotros si queréis mandar un fax a City Sex Store. El número es real…

domingo, 1 de junio de 2008

Después de la lluvia




Sé que debería estar estudiando, en vez de perder el tiempo con estas cosas, pero hoy, al llegar a Madrid había un arcoiris que cruzaba todo el cielo, de norte a sur.


Y la ciudad estaba como recién lavada.

Precioso.

viernes, 30 de mayo de 2008

De Sirocos y otros vientos



Hoy me han dicho (un voyeur, para ser más exactos): "que pena que te diera el siroco...", a lo que yo he respondido "no me dio ningún siroco". Así, sin dudarlo ni un segundo. Después, en el metro, me he quedado pensando, ¿y si realmente me dio un siroco? Y como no me quedaba del todo claro lo que es el Siroco (sí, un viento, ¿pero qué tipo de viento?) he mirado en la Biblia de nuestros días, la Enciclopedia Británica de nuestros tiempos: la Wikipedia. Y puede que tengas un poco (y digo un poco) de razón. Ahí va:





Sirocco, scirocco, jugo o raramente llamado siroc es un viento Mediterráneo que viene desde el Sahara y alcanza velocidad de huracán en el norte África y Sur de Europa. (Ciclotimia puede, huracán, jamás, pero sigo leyendo)



Se presenta en masas de aire calientes, secas, tropicales, que son tiradas hacia el norte por las células de baja presión que se mueven hacia el este a través del mar Mediterráneo, con el viento originado en los desiertos árabes o del Sahara. El aire continental más caliente, más seco, se mezcla con el aire más fresco, más húmedo, del ciclón marítimo, y la circulación a la izquierda del punto bajo propulsa el aire mezclado a través de las costas meridionales de Europa.
(Bonita explicación metereológica. Sigo perdida. Continúo leyendo, por si acaso)

El siroco causa condiciones secas a lo largo de la costa norteña de África, tormentas en el Mar Mediterráneo, y tiempo húmedo y frío en Europa. (Vaya, vaya, cambiante ahí donde esté...) La duración del Siroco puede ser desde medio a varios días. Estos vientos con velocidades de casi 100 kilómetros por hora se producen generalmente durante el otoño y la primavera, alcanzando sus máximos en marzo y en noviembre. (Marzo, eh? Igual tenías más razón de la que pensaba)

El siroco es un viento que, debido a sus especiales condiciones, provoca en personas más sensibles cambios de humor, dolor de cabeza...(léase al respecto la novela de Thomas Mann, Muerte en Venecia) hasta el punto de que, en conflictos judiciales, se ha usado como atenuante.
(Aquí está la palabra clave: ¡¡personas sensibles!! Claramente, yo. Y vuelvo a lo de antes, ciclotimia. Si es que todo tiene un sentido, al final. Así que mi atenuante viene a ser un viento africano. ¡Qué alivio! Y yo que había preferido llamarlo "mala época"... Si es que esto del cambio climático no solo perjudica a los osos polares... Os dejo, que tengo delante Muerte en Venecia y tengo que seguir leyendo).


Besos sirocales.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Rutinas


Me gusta la rutina. No, mejor dicho, me gustan algunas rutinas, esas que repites mil veces pero que siguen siendo geniales. Esas que te hacen envidiarte a ti mismo. Ahí van algunas:

1. Los días de lluvia ponerme mis botas de agua, unas azules altas como de pescador, y pisar todos los charcos que pueda, salpicando. Me encanta no mojarme los pies. Me encanta ver cómo la gente sortea el agua y yo me meto dentro. Estar debajo del paraguas y dentro de mis botas y que todo alrededor esté húmedo, menos yo.


2. Coger la línea 1, y mirar por la ventana entre Iglesia y Bilbao, y ver la estación fantasma (se está convirtiendo en una especie de obsesión, lo sé). Y me sorprende que nadie más mire y se muera de ganas de estar ahí.


3. Por las mañanas salir de casa, ponerme música, la música de ir a trabajar (ya lo sabes, tengo una canción para cada momento), y andar hasta el metro. Me encanta cruzarme con la gente, toda tan limpia, tan recién duchada, tan dormida. Ver el atasco y yo seguir andando, sin prisa. Y lo mejor es cuando cojo todos los semáforos en verde. Madrid es precioso por las mañanas, parece que lo acabaran de terminar justo diez minutos antes de que yo llegara a la calle.


4. Me encanta la cascada artificial de Chamartín, esa que es como de Matrix, en el cruce de la línea 10 y la 1 (nunca lo había pensado, pero son las dos líneas azules, ¿será por eso que pusieron una cascada?). No puedo negarlo, he llegado a estar sentada delante dejando que pasasen metros, como hipnotizada con los leds que caen. Me encanta.


5. Mi rutina del fin de semana. Tomar algo en un bar, y a las cuatro ir al Sol. Bajar por Montera, girar en Jardines, encontrarme con una cola increíble, con gente amontonada en la puerta y saber que no voy a esperar ni diez segundos para entrar. Saludar a Ángel, contarnos las novedades de la semana, ver que todo sigue exactamente igual que el viernes pasado, y entrar. Y lo mejor de todo: bajar las escaleras, con la luz roja, con la música que cada vez se oye mejor. Coger una cerveza, encontrarme con J y O, y saber que mañana no trabajo.