viernes, 5 de marzo de 2010

España


De acuerdo, lo adminto, últimamente he tenido (de nuevo) un poco abandonado el blog. Pero entiéndeme… entre las despedidas (múltiples, emotivas, llenas de lloros, cerveza, más lloros, tequila, lloros descontrolados, más tequila, risas, juramentos con sangre de amistad eterna y finalmente más lloros –estos probablemente fruto de la horrible resaca, incomprensible, eso sí-), y la vuelta, no he tenido tiempo de nada.

Lo primero ha sido hacerme al jet lag. La verdad es que después de 35 horas de vuelos por medio mundo, con cientos de miles de controles de seguridad en el maravilloso (sarcasmo, sarcasmo) aeropuerto de Beijing (exagero… solo miles), comidas repugnantes en cajitas hirviendo (una duda: ¿de verdad es necesario servir el pollo con pasta de KLM a 120ºC? ¿Será una medida para que en el caso de turbulencias el dolor de las quemaduras de tercer grado en el paladar impida gritar a los pasajeros?), azafatas con estreñimiento crónico (es la única razón que se me ocurre para su cara de limón) y demás maravillas de los transportes modernos, una llega a casa con ganas de no viajar nunca más.

Gracias a Dios, después de tres días en un estado semicomatoso, tirada en el sofá sin saber si son las dos del mediodía o las dos de la madrugada, me han vuelto las ganas de seguir viajando. Aún así, estas son algunas de las cosas que más voy a echar de menos de esta mi patria, mi España querida (de hecho, si tuviéramos un himno decente, lo cantaría a gritos ahora mismo).

1. El fantástico clima español. Solo hay que ver los anuncios de turismo: sol, cielos azules, clima cálido y agradable… Una se levanta de buen humor desde primera hora, al abrir la ventana y ver el cielo brillante, sabiendo que un maravilloso día aparece radiante. Lo que no entiendo es por qué diablos mi calle parece el Sena, con los pobres pobres (valga la redundancia) durmiendo en canoas en vez de cartones. Solo tengo que añadir que los chinos del barrio han empezado a llevar aletas para vender cerveza en la calle. Son graciosos, pero poco prácticos.

2. La política, elegante donde las haya. Somos ejemplo de transición, de democracia, de monarquía. No voy a entrar en detalles, solo diré que lo único que me ha hecho llorar más que la resaca de tequila (lo juro, nunca más vuelvo a beber), es leer el periódico. Eso sí, igualdad existe en España: he llorado por igual con la Razón, El País y el Marca. Así estamos.

3. El silencio de la vida de barrio. ¿Para qué queremos parques, playas, montañas y praderas cuando podemos tener un grupo de perro flautas borrachos cantando “Asturias patria querida” un martes a las cinco de la mañana? Eso sí, bajo la lluvia. Incomprensible pero cierto. No me quedan lágrimas.

4. Por supuesto, el Doce de Octubre. ¿Pero cómo demonios he sobrevivido sin amenazas, gritos y coacciones durante mi jornada laboral? Ay… pero qué pronto nos olvidamos de los pequeños detalles que hacen de cada día una aventura. Me río yo del Último superviviente y de Jesús Calleja. ¿El Polo Norte? ¡Cuando les vea en Orcasitas les respetaré como es debido!

5. Y por último (y para no alargarme), lo que sin ninguna duda voy a echar de menos es la televisión española. Gracias a dios empezaré a echarlo de menos a partir del 10 de Marzo, cuando mi televisión analógica muera. Sé que he vuelto a casa cuando ayer, al llegar del trabajo, vi de nuevo a Tamara (sí, sí, la del “No Cambié”) y a Jorge Berrocal (efectivamente: “Quién me pone la pierna encima para que no levante cabeza) en mi caja tonta (más tonta que nunca). Reconozco que lo único que hará que me compre el dichoso TDT es ver a Jesús Calleja sobreviviendo una noche en El Cruce de Villaverde…

¡Qué viva España!